Subí por las oscuras escaleras hasta que tropecé con el ultimo peldaño. Mi torpeza hizo que me mirara los pies, para ver si me dolían. Todo seguía bien. Cogí aire y seguí caminando dejando detrás de mi las escaleras que bajaban y subían al lugar donde los sueños se hacen realidad. Me encontraba en un pasillo, muy, muy, muy largo, y a su vez muy estrecho. Era oscuro, porque era de noche, pero si el Sol estuviera en ese momento en el jardín de aquella casa, ese pasillo sería la zona más iluminada, pues todo el pasillo era de cristal. Dudé en pasar. Claro que ésa duda se iba borrando de mi cabeza en cada paso hacia delante que daba. Un paso, un trueno. Dos pasos, un susto. Tres pasos, arrepentimiento. Cuatro pasos, miedo. Cinco pasos, una pausa. Miré los gigantes ventanales que tenía a ambos lados. Llovía demasiado fuerte. Los truenos y relámpagos era como una sesión fotográfica donde el flash es el jefe. No pude evitar mirar las gotas y sus dichosas carreras. Después de una breve pausa, seguí. La puerta que había al final del pasillo era grande y blanca. Lo que más me extrañó era que no tenía pomo... ¿Cómo iba a poder abrirla? Palpé la puerta un buen rato hasta que vi un timbre al lado izquierdo. Un timbre antiguo. No dudé en pulsarlo. Aguardé en silencio esperando oír un sonido irritable, de esos que se meten en la cabeza y no te lo puedes quitar ni aunque la agites. La puerta crujió y cuando se abrió, una luz muy fuerte me dejó a ciegas. Entré con una mano delante, y otra en la cara, y cuando por fin pude abrir los ojos y visualizar mi destino... Pude verme a mi con 8 años. Me quedé un poco parada porqué no sabía que tenía que ver mi "yo de 8 años" con mi yo de ahora. Me senté en una mesa con té que me ofreció la pequeña niña conocida. Estuvimos hablando un rato, ella no sabía quien era yo, así que preferí quedarme callada. Hablamos y hablamos durante horas. Cuando salí de aquella habitación lo comprendí todo. Mis sueños, mis ilusiones, mis tonterías, mis llantos, las cosas que tenía y las que quería tener, mi cara... Y mi cabeza. Comprendí que a pesar de que ésa niña de sonrisa en la cara y ojos llorosos fuera yo, no nos parecíamos en nada. ¿Por qué? ¿Por qué tenemos que cambiar? ¿Por qué dejar de lado todas esas cosas que nos hacían felices? ¿Por qué complicarnos? Y más tarde, rompí a llorar.
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