Y cuando pensaba que no podía más, ahí estaba él, sudando, agotado, exhausto. No sabía de dónde venía. Sus ojos estaban preocupados, pero su sonrisa me confundía. Yo estaba inmovilizada por el susto, pero él estaba ahí, justo delante de mí. Su mano cerró la puerta que quedaba detrás de él, y luego se quedó apoyado en la pared. No paraba de respirar fuerte y de sonreír. Yo no lo dudé y me acerqué lentamente, y me paré a unos pocos centímetros de él. Sus ojos abandonaron la preocupación para parecer divertidos y juguetones.
- ¿Se puede saber de dónde vienes? - Le pregunté con una voz seca.
- ¿No lo sabes? - Se puso serio.
- No... ¿Me lo puedes decir, por favor? - Seguí insistiendo.
De repente, una risa se adueñó de su cara, pero luego se volvió a poner serio.
- Estaba huyendo. - Dijo.
- ¿Qué? ¿De qué? - Le acaricié la cara, buscando marcas de lucha o de algo, no lo sabía ni yo...
- Del dragón. - Seguía serio.
- ¿Me estás vacilando? - Dije, separándome de él... Me estaba tomando el pelo y no me hacía ninguna gracia, pero que siguiera serio me preocupaba.
- No. Te estoy diciendo la verdad. He matado a un dragón, pero resulta que hay otro... - Seguía con la broma.
- No me gusta que me digas mentiras y te inventes cuentos...
Un ruido sonaba detrás de la puerta y vi un enorme dragón de color verde oscuro. Era un monstruo enorme y el miedo me consumió. Él me apartó y me dejó en un sitio que parecía seguro, y acto seguido abrió la puerta, cogió una espada que había en el suelo y se la clavó al monstruo enorme, sellando la muerte de éste con un grito de rabia.
Perpleja, anonadada, estupefacta, me quedé sentada en el suelo.
- ¿Todavía no me crees? Soy yo, tu príncipe. - Dijo. Y me besó.
No hay comentarios:
Publicar un comentario