Cogí el coche con la intención de no volver jamás. De huir. De intentar olvidar. Conduje aproximadamente cuatro horas y paré en un área de servicio. Era tarde, y no tenía hambre. No podía dejar de pensar en el daño que me había hecho. Dudé en encender el móvil, pero lo volví a guardar en el bolso. Mi reloj marcaban las 03.18 am. Llené el depósito y me fui. Mientras conducía escuchaba la radio, cambiando de emisora cada dos por tres. Finalmente decidí poner un CD. El primero que cogí estaba lleno de momentos. Nuestra canción... Pensé en quitarlo pero me gustaba tanto oírla que la dejé. Una vez terminó, la volví a poner, y así estuve hasta que encontré una playa. Paré el coche, y había silencio absoluto. Esa playa no era una playa cualquiera, era una playa en la que yo había vivido muchísimas cosas. Bajé y me quité los zapatos. Anduve hasta la orilla y me senté dejando que los granos de arena, uno por uno, me rozaran la piel y se pegaron en ella suavemente. No estaba oscuro, la luna iluminaba la noche. Su reflejo, en el mar, me recordaba a un espejo... Un espejo en el que por mucho que te mires no consigues encontrarte. Respiré profundamente... Demasiado profundamente creo yo, porque al estar sola, mi respiración sonaba muy fuerte. Dejé la mente en blanco. Cuando logré volver a la tierra, encendí el móvil. Tenía un sólo mensaje... ¿Después de todo, no se preocupaba? ¿No quería saber nada de mi? ¿Pensaría que he sido yo la culpable de todo? Muchas dudas a la vez me bloquearon. Era un SMS del contestador, tenía un mensaje nuevo. Lo quise oír.
"Hola, sé que estás enfadada, no te voy a decir nada... Simplemente quería que miraras en la guantera, por favor..."
Me levanté tan rápido que me mareé. Corrí hacia el coche y abrí la puerta del copiloto, por un poco más la podría haber roto. Abrí la guantera, había un sobre... Era una carta. La abrí.
"Mi niña, mi cielo, mi mundo... Quiero recordarte una fecha. No, no es la fecha de nuestro aniversario, ni mi cumpleaños, ni el tuyo... Es sólo una fecha que quiero que recuerdes... Era un viernes 4 de abril. Yo ese día no tenia ganas de nada, sólo de beber cerveza y mirar la tele. Mis amigos, como siempre, querían salir, y me obligaron. Fuimos a un local que no está nada mal en el centro de la ciudad. ¡Qué asco de música! Bueno, fui directo a la barra a pedirme una birra, y al volverme, apoyándome en la barra, vi a una chica bailando delante de mi. No bailaba normal, como otras chicas que la rodeaban, no, ella era diferente, un poco arrítmica, pero auténtica. Me llamó la atención sus zapatos. No iba en tacones, iba en bambas con un vestido a conjunto precioso. Después de quedarme mirándola, ella se debió percatar y me devolvió la mirada y se acercó a mi. En ese mismo instante, al oír su voz susurrarme en la oreja, supe que era la mujer de mi vida. Y ese fue el día más feliz de mi vida, después siguen todos los días que pasé junto a ella. Y quiero que llegue el día que supere todos los días más felices... Amaya ¿quieres casarte conmigo?"
Le quiero. Pensé. Era un capullo, pero era mi capullo. Yo también tengo mis defectos, pero le quiero... le quiero... Mi costumbre de revisarlo todo como en mi trabajo de detective, me hizo mirar todo el sobre. Había fecha, esa carta la escribió hacía dos semanas. Justo hacía dos semanas que había pasado... Él me fue infiel. Se quería casar conmigo, pero estuvo con otra. Mi rabia empezó a crecer y a crecer que rompí el folio. Volví a la playa con el móvil en la mano. Respiré diez veces, como me recomendó mi profesor de yoga y después...
- ¿Amaya? ¿Amaya estás bien? ¿Dónde diablos estás? - Sonaba preocupante, convincente.
- Estoy aquí.
- ¿Aquí? ¿Dónde es 'aquí'? Amaya no me vaciles, por favor, me tienes preocupado... y gracias por llamar, anda dime dónde estás.
- Estoy dando vueltas con el coche, ahora estoy aquí, luego estaré allí...
- ¿Por qué llamas? ¿Viste la carta?
- Sí... Realmente preciosa, me emocioné y todo...
- ¿En serio? Entonces volverás. - "Entonces volverás" no era una puta pregunta. Estaba dando por hecho que me iba a casar con él. Ingenuo.
- ¡Sí! ¡Volveré!
- Genial... entonces, ¿qué día quieres que nos casemos?
- El 30 de febrero, por favor.
- Amaya... cariño, febrero no tiene día 30... - se rió, como un gilipollas.
- Lo sé. - colgué.
Y ahí fue cuando empecé a ser feliz, empecé a quererme a mi misma y a vivir la vida. Inventé los días, y dejé de perseguir a capullos para siempre.
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