Entonces entré en la habitación. Estaba vacía. Sólo estaba la cama deshecha de la noche anterior y las dos copas, todavía con vino, en la mesa. Únicamente me venían imágenes de él abrazándome en el balcón. De besarme en el cuello...
- ¿Qué haces? - Su voz era fría como el hielo rozaba mi espalda. Me estremecí...
- Te estaba buscando... Me he despertado y no estabas y he salido a la calle, pero no sabía dónde ir así que he vuelto y aquí estoy.
- Aquí me tienes. ¿Querías algo?
Estaba completamente perpleja. No entendía nada... Era otra persona diferente que la que había dormido conmigo... Era distante y borde.
- No. Te has dejado la cartera, quería devolvértela. Ten.
En ese momento, él me miraba a los ojos, me cogió la mano, que la tenía tendida hacia él con su cartera. Me tiró en su dirección y una vez delante suyo, a dos centímetros de su cara, aparté la mirada. Sus ojos siempre me habían intimidado de tal manera que me atrapaba.
- ¿Sabes qué? - Me dijo.
- No... dime...
- No puedo.
- ¿No puedes qué?
- No puedo...
- Michael... ¿Qué pasa? ¿Qué no puedes? - La intriga me invadía y me estaba poniendo nerviosa...
- No puedo dejar de pensar en ti. No puedo dejar de mirarte mientras duermes. No puedo irme sin decirte nada. No puedo no echarte de menos... No puedo dejar de quererte... Y definitivamente, no puedo vivir sin ti.
En ese mismo instante, nuestros labios empezaron a abrazarse. Sus manos recorrieron mi espalda mientras las mías jugaban con su pelo. Ese fue el día en que supe que existe el amor. O simplemente que existe él.
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