Érase una vez un ser extraordinario, un ser mágico, un ser extraño... Llamenlo como queráis, lo importante es que no era normal. No era un duende, ni un hombrelobo, y mucho menos un vampiro. Tenía forma de hombre humano, y hacía cosas humanas como por ejemplo comer, dormir, beber, pasear, soñar... Pero tenía una cualidad que le hacía ser tan especial para el resto de las personas. Cada vez que alguien lloraba, él aparecia como por arte de mágia y le cogía sus lágrimas, sin hacer daño. Y así, persona por persona, iba coleccionando sus lágrimas. Y de ahí su nombre "El coleccionista de lágirmas"... Pero un día, el coleccionista estaba sentado en una piedra de un prado, y se puso a llorar. En ese momento, una chica de piel fina y ojos grandes le preguntó: "Coleccionista ¿qué te pasa?¿Por qué lloras?". Y él, con la mirada perdida respondió: "No lo sé, he ido toda mi vida cogiendo las lágrimas agenas, que creo, que de tantas penas que llevo en mi interior, me siento triste y tengo la necesidad de derrocharlas y liberarme de ellas". La chica sonrío y le cogió las manos y le preguntó: "¿Y tus lágrimas? ¿No tienes?". El chaval se sorprendió con esa pregunta y la miró, confuso, a los ojos..."Sí tengo lágrimas, pero a mi nadie me las quita, ni las lágrimas ni las penas... Quiero que todo el mundo sea feliz, pero me cuesta serlo yo con tantas injusticias y tantas tristezas y problemas". La chica le acarició la cara y le plantó un beso "llevas toda la vida haciendo feliz a la gente y yo ahora, quiero hacerte feliz a ti". El coleccionista sonrió.
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